Le clavé un alfiler en el corazón y se lo dejé circulando en la sangre para que cada tanto le pinche. Cuando ese alfiler lo mate yo voy a estar lejos y posiblemente no me entere ni me importe. Implementé una forma de matar hijos de puta tan efectiva que me dan ganas de felicitarme y cantar Watching TV en voz alta en la plaza Tiananmen.
Durante toda mi vida pasaron muchos. Ahora veo a mi hermana como ese personaje de las series norteamericanas que se emborracha y te pega pero cuando te vas de viaje carga tus bolsos en el auto, te lleva al aeropuerto y considera que esa actitud es el símbolo de su amor por vos. Alejandro me dijo que el amor tiene cuantiosas formas. Yo conozco algunas, y muchas no me gustan. La mayoría, de hecho.
Un chofer me contó que trabaja también como acompañante de personas que están locas. El chofer me dijo que a veces le da miedo, pero que casi siempre le gusta compartir con ellas ese mundo ficticio en el que los locos ven cocodrilos y piensan que viven en 1940. Cuando me bajé del auto fui caminando a mi casa. Pasé por el parque y descubrí una playa. La arena era blanca y el mar tan celeste como el cielo. Había rocas, y me recosté sobre una de ellas para que las pequeñas olas de la orilla me mojen el cuerpo. Hubiese querido nadar, pero como no había otras personas en el agua concluí en que estaba muy profunda. Llegué a mi casa y dije: “No me lo van a creer, pero en el parque hay una playa”. Alguien me respondió: “No te pierdas a vos misma”. Hay discusiones que no soporto y que entonces no voy a entablar.
ph: ana clara bórmida

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