miércoles, 26 de enero de 2011

Conversando con alguien

Salimos en un viaje de muchas horas. No tenía ganas de vivirlas de esa manera, de todos modos me subí al colectivo. El aire acondicionado no era demasiado fuerte, aunque D se quejaba de lo contrario. Cuando bajamos por primera vez sentimos el peor calor de nuestras vidas. Luego de un par de horas nos sentamos nuevamente en los asientos: un grupo de chicos nos ofreció Fernet con Coca Cola que no aceptamos. Me pregunté por qué carajo tenían esa necesidad de tomar alcohol, pensé que eran unos idiotas y seguí leyendo Salinger. No hablé con casi nadie ni tampoco miré las películas que pasaron. Luego de 32 horas de viaje, arribamos.



Para llegar a nuestro verdadero destino tuvimos que tomar otro colectivo, que esperamos dos horas. En treinta minutos estuvimos en nuestro lugar: D, V y yo.


Si algo caracteriza a la ciudad –que tiene por nombre Bombinhas –es el olor a hedor y el olor a fritura. Sobre la calle principal se ubican decenas de restaurantes y bares en los que se sirve pollo y pescado frito, papas pasadas por aceite y churros. Eso explica el aroma culinario, mas los indicios olfativos de que por allí hay cloacas no están a la vista. El aire es espeso y todos los días llueve: por las calles de Bombinhas se respira humedad y la sal del mar está todo el tiempo flotando en la atmósfera.


Algunas calles son empedradas y las fachadas de las casas y las posadas están pintadas de amarillo, rojo, verde o azul. Las rejas que circundan estas propiedades siempre son huecas y livianas. Cuando se camina por el interior de la ciudad, se choca con la selva misma: en Brasil hay muchos morros, unos montes pequeños que a simple vista parecieran ser de piedra maciza, sobre los cuales se alzan cientos de árboles y especies de plantas, insectos y aves.


Por ese motivo las calles de Bombinhas son empinadas y cuesta subirlas lo mismo que bajarlas: el impulso puede llevarte a una caída libre si te dejás llevar sin resistencias.


De la playa no se puede decir más de lo que ya se sabe: arenas blancas, aguas transparentes que de lejos se ven verdes o azules según la hora y el lugar, que dejan entrever la presencia de cardúmenes de peces pequeños que nadan al lado de las personas. Muchos bares se ubican sobre la costa y sus mozos pasan por cada sombrilla ofreciendo tragos y platos a los turistas, que en su mayoría provienen de la Argentina.


El paisaje es digno de una postal, pero aun así, lo mejor de la ciudad no es la naturaleza ni la arquitectura. No es su noche ni su comida ni los litros de caipirinha que se sirven a diario. Si hay algo que hace de Bombhinas una ciudad digna de ser visitada y admirada es su gente.


Las personas de allí son alegres y amables. Son serviciales y graciosas. Por las calles de Bombinhas no sólo se respira humedad y fritura, no sólo hay sal y hedor: también está la felicidad de su gente que no para de moverse. Como Ronaldo, el mozo de un hotel en el que me alojé durante los siete días en los que visité la ciudad.


Ronaldo tiene 40 años, aunque no los aparenta. Es flaco y no muy alto (su estatura tal vez ascienda al metro con 65 centímetros). Su mano es apenas más grande que la mía. Su piel es blanca como la leche y suave como la de un niño. Tiene los ojos verdes y pequeños, los labios finos y el pelo rubio, muy corto y levemente ondulado. Siempre viste pantalón de jean y unas zapatillas enormes. Ronaldo corre todo el tiempo, toma energizante y fuma. Se casó dos veces y jura que no habrá una tercera. Tiene dos hijas y es barman: prepara la caipirinha, a la que menciona como la bebida tradicional de Brasil, como nadie.


Algunos de los argentinos que se hospedaban en el hotel no solían tratar muy amablemente a Ronaldo. Debe ser por eso que aprendimos a querernos pronto, y también porque él se esforzaba por hablar y entender el castellano, lo mismo que yo con el portugués. Pero él sí lo lograba.


-Ah, ¿no entendiste? Yo te lo voy a explicar –me decía cada vez que le pedía que me repitiera.


Una vez me preguntó si me quería casar. Yo le dije que no.


-Pero yo no pregunto si você se quiere casar conmigo –arriesgó. –Yo quiero saber si você, en un futuro, se quiere casar.


-No, ya lo se –le respondí. –Pero aún así, sigo diciendo que no.


-Pero yo creo que você si se va a casar –retrucó. –Yo veo que a você le gustan mucho las crianzas y un día va a querer ser madre. Además você es muy linda.


Me sonrojé y pensé en cómo Ronaldo había llegado a la conclusión –verdadera, por cierto –de que me gusta jugar con infantes. Pensé que qué bien que yo había podido comunicar eso, aún sin proponérmelo. Cuando pasaron unos minutos que parecieron largos, Ronaldo me preguntó porqué no lo estaba mirando a los ojos. Le respondí que nunca miro a las personas a los ojos, aunque se que me pierdo mucho al no hacerlo. Él me dijo que sabía por qué no lo hacía.


-Você es… ¿Cómo se dice?


-¿Tímida?


-Tímida. Você es tímida. Aunque ahora no podría decir eso.


-Pero soy tímida de verdad.


-No parce que você sea tímida. –me dijo, mientras me daba un vaso largo y ancho en el que me había preparado un trago con leche de coco, leche condensada, vodka y frutillas. Me ofreció mas hielo, fuimos a buscarlo a la cocina. D y V dormían. Todos en el hotel dormían, con excepción del conserje. Llovía muy fuerte. Cruzamos el patio, nos mojamos, eran las cinco de la mañana.


Al día siguiente lo crucé un par de veces. Ronaldo no tenía su usual energía y apenas atinó a rozarme los brazos. V arriesgó la hipótesis de que estaba triste porque yo me volvía a mi ciudad. Le respondí que no creía que fuera por eso, aunque en el fondo sabía que si. Antes de subir al colectivo que me trajo de vuelta, Ronaldo me regaló un corazón de tela. Si se hubiese tratado de otro hombre lo hubiese despreciado.


-Compré esto para que você no me olvide –me dijo. Yo le agarré la mano y luego puse mi cabeza sobre mis brazos, que había apoyado en la mesa del desayuno. Guardé el corazón en la cartera y antes de irme le di un breve abrazo.


Esperamos el micro durante más de dos horas. D, V y yo nos encontramos con unos chicos que tomaban una cantidad de cerveza que excedía la cantidad de aire que respiraban. Uno de ellos dijo que lo mejor de la ciudad que habían visitado era su discoteca. Era un buen chico, claro, pero estoy convencida de que cualquier persona que considere que lo mejor que tiene una ciudad es un boliche es una imbécil.


Durante algunas de las 30 horas que duró el viaje pensé en Ronaldo. No tengo su teléfono ni su apellido. Pensé que estaría bien que dejemos nuestra amistad encapsulada en esos días. Lo único que se de él es que está construyendo su propia posada en una ciudad de Brasil llamada Mariscal.


-En dos años tendré la mía posada. Ya compré el terreno, y pronto comenzaré a colocar todo. En la mía posada habrá mucha natureza y ya no seré empleado. Yo seré el jefe.



No hay comentarios: