sábado, 19 de diciembre de 2009

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Habría sido posible abrir las canillas, hacía calor. Una pequeña vuelta, sólo eso, y algunas gotas cayeron. Y por lo que quieras, pero por lo que más quieras no me ensucies el sillón, me dijo. Así que no tuve otra opción que dejarla en su lugar pero no sabía cómo esos breteles se iban a quedar quietos. Y por el costado eh, por el costado. Procuremos evitar el lenguaje, vociferó. Ay, me dije, ay. Qué asco que sos, pienso y pienso también que piensa. Esto tiene que ser rápido, no te preocupes, no durará demasiados segundos, es ne-ce-sa-rio. Es sed, eso, basta solo un poco de agua. Y yo soy agua, volátil y transparente como el agua. Débil.

Cuando me fui juré. Juré porque ya no quise ser agua. Una situación tremebunda y descomunal que se cómo va a terminar: va a terminar con las canillas abiertas de par en par y yo hundida. Y mientras lo hacía, mientras juraba, caminaba y rozaba mi dedo índice contra un paredón. El dedo quedó lleno del polvo blanco de la pintura, asco y seco polvo blanco de la pintura, que fue la prueba de mi juramento: ya no voy a ser agua.

Cuando entré en mi casa, los dientes chirriaban. El lugar estaba oscuro, fresco y silencioso. Alguien pasó a mi lado. No dijo palabra alguna y luego de unos segundos escuché la puerta que se abría, y que después se cerraba de un golpe. Las llaves giraron en la cerradura. Estoy en la hoguera, pensé, y he decidido ya no ser agua. Caminé por los pasillos, allá tampoco había luz. El teléfono sonó un par de veces y yo no quise levantarlo porque se que nadie me busca. De sopetón tuve un recuerdo: el árbol de navidad. El pequeño y ridículo pinito se dibujó en mi memoria tan perfectamente como si lo hubiese estado mirando. Me percaté de que a su lado había un sobre verde, como si todavía creyeras en el señor de los regalos. Qué infinitamente infantil, me sonreí. También me acordé que habías prometido encenderle las lucecitas de colores, pero al final no cumpliste la promesa, una lástima. Volví a sentir ternura, pero no, esta vez no me lo permití: vos también te diste vuelta y miraste a la pantalla, tan natural y apático. Y no me importó tu historia, la verdad es que no quiero volver a pasar por la vereda ésa, en la que algún idiota tira macetas desde el piso veinte que siempre, como si yo fuera el polo opuesto, caen en mi cabeza.

Salí de mi mente, después de algunos minutos, y volví al aquí y ahora de mi vida. Me eché perfume, como siempre lo hice en exceso, es que carezco de olfato. Puse pintura azul en mis pestañas, mi preferida, caminé hacia la cocina y busqué helado. Helado, ésa es otra promesa sin cumplir. Un promesa de una noche de verdad obnubilante. Pensar en los posibles posibles es una opción que siempre tengo en cuenta, y me pregunto qué hubiese cambiado de no haber sido tan cobarde. Me pregunto, mientras me enfrío, por qué quiero que todas las noches sean esa noche. Me pregunto qué piensa. Me pregunto por qué. Sólo eso, me pregunto.




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2 comentarios:

mariano dijo...

ey, me quedé pasmado.
Tantas sensaciones, tantos sentimientos. tantas preguntas...

un beso

Anónimo dijo...
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