viernes, 3 de abril de 2009

Todo indicaba que la resurrección esta vez no formaba parte de la historia. Pero sucedió algo paradójico: una muerte le devolvió la vida. Como siempre, es una pena que los momentos difíciles y dolorosos sirvan para terminar con fuertes escisiones y fortalezcan lo que en algún momento se debilitó. Pero lo cierto es que la muerte del doctor Raúl Alfonsín hizo que la Unión Cívica Radical volviera al centro de la escena. El jueves 2 de abril, la plaza de los Dos Congresos se llenó de banderas rojas y blancas. Los viejos militantes sacaron sus boinas del cajón, tal vez las lavaron para devolverles su otrora blanco, y salieron para despedir al caudillo. También había paraguas. Muchos paraguas. Como siempre ocurre en estos casos, la lluvia no faltó a la cita.





Acudió para la causa una multitud. Miles de personas se congregaron frente al Congreso, y al grito del clásico “Alfonsín, Alfonsín”, que solía sonar en vísperas de la democracia, rindieron homenaje a uno de los políticos más brillantes de la república Argentina. Miles de personas de distintas partes del país viajaron varios kilómetros para levantar una pequeña bandera de nailon celeste y blanco que el comité hizo circular y gritar el histórico apellido. “Viajé 700 kilómetros para estar acá, porque hoy no podía faltar”, dijo una treintañera que estaba allí con sus hijos, que sin entender demasiado la situación también flameaban la banderita.

Las miles de personas retenidas tras unas vallas estaban deseosas de ver qué era lo que estaba sucediendo en la puerta del Congreso. En algún momento comenzarían a salir los hombres de la política que asistieron al funeral. Y había que ver quién estaba, quien no. En algún momento sacarían del gran edificio el féretro. Y el morbo argentino también exigía ver esa escena. Pero las banderas de Franja Morada, agrupación universitaria radical, eran enormes y tapaban el panorama.

Eh, vos, el de Jujuy, bajá la bandera! ¡Todos queremos ver! ¡Esto no es un acto político, así que sacá esa bandera!- gritó otro treintañero enfundado en un sobretodo color crema, un poco gordo y con una enorme alianza en la mano derecha. Los de Jujuy bajaron la bandera. El gordo treintañero y algunos que estaban por ahí esbozaron algo así como una ovación, tal vez a modo de agradecimiento: ahora podrían ver lo que estaba sucediendo allá, lejos. Lo cierto es que el señor se equivocó. Claro que sí fue un acto político. Fue espontáneo. Pero fue político. La gente que acudió a despedir al Doctor Alfonsín era claramente radical. Radicales que ya tenían ganas de volver a ponerse sus boinas blancas pero no encontraban excusa. “Volveremos, volveremos, volveremos otra vez, volveremos al gobierno, como en el ´83”, prometieron al unísono.

-¡Te equivocaste de acto!- le gritó una señora rubia a otra señora petisa y con gorra que hizo la V de la victoria. Fue como ver a un hincha de Boca en la tribuna de River. La señora de gorra se volvió hacia la señora rubia. La miró, balbuceó algunas palabras inentendibles, y luego, acompañada de sus dedos anulares cual director de orquesta, comenzó a cantar “La Jueza barrubudubudia, la Jueza barrubudubudia, la Jueza barrubudubudia, la Jueza barrubudubudia es lo más grande que hay”. La señora rubia y quienes la rodeaban se rieron a carcajadas. Pero la señora de gorra no parecía dispuesta a terminar su homenaje a Tato Bores. Entonces un hombre alto, morrudo y narigón, de esos que tiene la piel gruesa, grasosa y roja que estaba detrás de la señora rubia le gritó:

-La están llamando, allá atrás- . La Señora de gorra cesó su canto, y fue corriendo para ver quien la solicitaba. Nadie, por supuesto, eso no fue más que un invento del señor morrudo para sacarse de encima el numerito cómico de la mañana. Porque ese día solo había lugar para el dolor y para la reivindicación radical.

La lluvia paró. Hombres de la política dijeron sus discursos de homenaje. Todos dijeron que Alfonsín fue una gran persona. La bandera estaba a media asta en señal de luto: murió el hombre que alguna vez nos dio esa democracia con la que se vota, con la que se come, con que se cura y con la que se educa. Esa democracia que otros convirtieron en utopía.

1 comentario:

L.L. dijo...

Qué buen final. Suscribo.