viernes, 20 de marzo de 2009

Leopoldo Brizuela

El pasado, gran cosa. Amarlo, odiarlo, olvidarlo. Oscar Wilde dijo alguna vez que el único encanto del pasado, consiste en que es el pasado. Más o menos por ahí andamos. ¿Cuál es la cuestión? Despojarse. Pero no por simple despecho. Despojarse y reinventarse en cada línea, en cada párrafo para nunca más volver sobre la propia obra.

Leopoldo Brizuela escribe con esa condición: deshacerse de quién fue y buscar siempre algo nuevo. O por lo menos, pensar y definitivamente creer que no hace otra cosa que innovar.

En el año 1985, a los 22 años, Brizuela escribió Tejiendo Agua, novela que lo hizo acreedor del Primer Premio Fortabat. Cuando tenía 36, ganó el premio Clarín Novela por Inglaterra, una fábula, en donde hace una suerte de analogía entre la historia de la Condesa, una mujer obsesionada con encontrar el nombre de su destino, y La Tempestad de William Shakespeare. Su obra comprende además dos libros de entrevistas: “Cantoras” (1987) y “Cantar la vida” (1982); varias antologías: “Cómo se escribe una novela” junto a Edgardo Russo, (1993), “Cómo se escribe un cuento” (1998), “Instrucciones secretas” (1998), e “Historia de un deseo” (2000), un libro de poemas: “Fado” (1995), una nouvelle: “El placer de la cautiva” (2000) y un libro de cuentos: “Los que llegamos más lejos” (2002). Pero todavía falta.

¿En donde estas trabajando?
En varios lados. Trabajo en Casa de Letras, escribo para los diarios, ahora estoy trabajando en una novela.

¿Ya la estas terminando?
Si…

¿Cómo se llama?
(Risas) secreto.

¿Cuándo sale?
El año que viene.

¿Desde que edad escribís?
Muy temprano, desde los 12.

¿Y solías mostrar lo que escribías?
No, nunca mostré. Incluso no me gusta que la gente que conozco haya leído mis libros. Creo que eso tiene que suceder en algún lugar en el que yo no acceda. Sino creo que hubiera cantado, si hubiera cantado bien, pero siento que el público no tiene que estar.

¿Cuándo vos escribís nunca pensás en el lector?
No. Hay una instancia interna que se parece al lector, pero no es que se parezca a alguien, o por lo menos yo no pienso en nadie en concreto. Es más, no creo que haya que pensar en alguien. Por supuesto para la ficción. El periodismo es otra cosa. Pero creo que la ficción es el diálogo de uno con uno mismo.

Cuando ganaste el Premio Clarín, ¿cambió en algún sentido tu vida?
Cambió muchísimo en el sentido práctico: empecé a publicar y a vivir de eso, publiqué muchísimas notas. De todas formas llega un momento en que no podés cambiar mucho: me llegó a los 36 años y yo no esperaba en ningún momento que pasara todo lo que pasó, con una vida estructurada que no cambió demasiado a partir de eso, no tuve nuevas expectativas, sentí que todo lo que venía era de regalo y eso esta bueno. Si me hubiera venido a los 20 años me hubiera definido algún rumbo, me hubiera abierto un rumbo nuevo, en todo caso lo que hizo fue confirmarlo, me organizó más. Esto me permitió dedicarme solo a la literatura, yo me dedicaba mucho a la literatura, sabía que era lo mío. Cuando gané el premio Fortabat no, tenía 22 años, ahí si fue una enorme confirmación. Me llevó a pensar que lo que hacía esta bien, que el camino que elegí no esta tan mal. Aunque tuvo mucha mas repercusión el libro y no era bueno. Pero a mí en ese momento me cambió la vida.

¿Vos dijiste que el libro no era bueno?
No, no era bueno.

¿Y en ese momento pensabas que era bueno?
No lo recuerdo, nunca tengo la sensación de que mis libros sean muy buenos. Si la tengo, es un momento de mucha felicidad que uno tiene, que cree que es Dostoiesvsky. Pero después no. Tampoco creo que sean estrictamente malos, es muy difícil aceptarse. Es una relación muy conflictiva.

¿Nunca te relees después de algunos años?
No. Por ahí obligado tal vez releo. Pero si por ahí de casualidad abro algo digo ‘bueno, no esta tan mal, y a la vez eso va acompañado de una sensación muy fea, que es la de pensar que nunca voy a volver a escribir así. Hay algo complicado en eso: exponerse. Como te decía, no me seduce demasiado la idea de que haya lectores cerca, tampoco me quiero acordar mucho de lo que dije, sobre todo porque en la gestión uno no maneja lo que dice.

¿Tenés libros de cabecera?
Claro, en general al principio uno tiene más que libros, escritores de cabecera, y después tiene libros. Un libro que para mi sigue siendo impresionante es El bosque de la Noche de Djuna Barnes, escribe sobre la pasión, después Borges. No se bien qué. Me gusta mucho un libro menor de él, entre comillas, que se llama El libro de los seres imaginarios. Es una especie de gran homenaje a la imaginación humana, una celebración de lo imaginario. Después, Siete cuentos góticos de Isak Dinesen. Joseph Conrad, supongo que El corazón de las Tinieblas. Me marcó mucho. Natalia Ginzburg, una italiana. En algún sentido Chejov.

¿Nunca sufriste leyendo un libro?
Si, cuando leo por obligación pero me pasa un poco. En general esos años que hice de Letras, que tenía que leer por obligación. Recuerdo haber sufrido leyendo Madame Bovary, pero debe haber sido un error mío. Ah, otro escritor que adoro es Balzac, una maravilla. Al poco tiempo que leí Papá Goriot, lo leí en francés, no lo podía creer. Le admiro mucho esa convicción, me parece que es la clave de todo. Hace un tiempo estaba en un boliche, y había un stripper, que era el más feo de todos y era chiquito, y sin embargo él estaba convencido de que hacía arte. Y eso le daba un glamour y un éxito más allá de lo erótico y de lo no erótico. Y después había un montón de seres perfectos, pero absolutamente estúpidos, que les daba vergüenza. Creo que siempre, y ante todo, esta la convicción.



Ana Clara Bormida

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